La yoguineta
Hace años no armo el bolso para una escapada de fin de semana largo. ¡Qué incordio! ¡Qué llevo, qué no llevo! El imperativo de no cargar tanto. La verdad de que tampoco tengo tanta ropa. Y ahí empieza el embrollo real. ¿Por qué no tengo tanta ropa de fin de semana? ¿Por qué siempre que calzo algo para momentos de ocio parezco vestida con ropa de los noventa? Pueden parecer preguntas baladíes por no decir boludas para quien tiene en su haber dos o tres yoguinetas y más de un par de zapatillas. Pero para mí fue una epifanía filosófico existencial.
Horas y horas en la terminal de Retiro para darle vueltas al asunto, horas frente a la playa mate y libro en mano pensando desde cuándo tengo esta yoguineta que visto y calzo. La única.
Cuando sobreviene la respuesta es dura: casi siete años de edad cursa el pantaloncillo. Pero ¿cómo puede ser? ¿Cómo puede ser que esté tan impecable y al mismo tiempo tan demodé?
Y una y otra vez los pensamientos van y vuelven al asunto como las olas rompientes frente a mis ojos.
Entonces me dejo llevar por la hipnosis del agua y su impetuosidad. Por el olor salado y el viento húmedo lleno de reggaetones que se replican en las decenas de parlantes Bluetooth alrededor mío. Del rugido de las olas casi no escucho nada.
Por eso ahí me pregunto hace cuánto que no veo el mar. Y entro en otra espiral cósmica.
¿Fue con la administración masculina anterior? ¿La otra? Naah. No puede ser. Confundo caras, lugares, me convenzo de que no fue hace tanto. Pero sí. Casi lo mismo que la yoguineta.
Y así paso el rato cavilando sobre mis azares, amores y ocios. Y me doy cuenta de que a pesar de que traté compulsivamente de ser una troska consecuente y no dejarme llevar por el consumismo, por el fetichismo de la mercancía, me volví yo misma una mercancía barata y de alto poder destructivo.
Vestí pocas veces la yoguineta pasada de moda porque pocas veces me abandoné al placer del ocio. De hecho, los dos años que pasaron laburé hasta los sábados y domingos. Claro, el uniforme de fin de semana colgó ahí perdido de alguna percha triste y abandonado.
Soy Chaplina siendo engullida en mis años floridos por la picadora de carne pinkfloydesca de la escuela. Puro negocio este el de la educación. Y yo que creí que conservar la yoguineta era un acto de resistencia contra el mercado. De no dejarme sucumbir por la tentación consumista. No entendí que el mercado me había tragado tan profundo, que abandoné la yoguineta a su suerte y recién ahora despierto en el vientre de una ballena. ¿Cómo salir del embrollo del no ocio? ¿Cómo abandonar el negocio de la fuerza mental que prostituyo hace años y me exprimió la capacidad de calzar yoguineta?
De repente un síntoma cortazariano y la yoguineta me empieza a ahogar. Me va apretando los tobillos y las pantorrillas. Quiero sacarmela ahora y caminar desnuda por la arena. Pero no me da tiempo y empieza a sofocar mis muslos en la playa. Estoy rodeada de culos al aire y la yoguineta se venga.
Es hora de cambiarla. Pero dudo. Miro el mar de frente y le tiro la incógnita. Me quedo absorta en mis pesares hasta que entre reggaeton y reggaeton, escucho la voz de un viejo garca que me dice: “Buenos Aires- Mar del Plata: dos horas y media. Lo que dé. Metele a fondo. Gastá por calentura. Si no, no hay futuro.”
“Qué garca”, pienso. Es un oráculo del mal, que me tira esto en clave y yo sé que no voy a tener otra que seguirlo.
Entro casi sofocada en un local de la peatonal playera, un pecado para el credo comunista que jamás osé cometer. Pido al azar un pantalón así y asá, ensayando una mínima posibilidad de que no lo tengan en mi talle. La yoguineta cede cuando entro en el probador. La nueva me calza y quedo estupefacta cuando me miro al espejo. Volví al futuro. Entré en el siglo veintiuno.
Vuelvo libre y feliz a la playa para agradecer a mi mentor. Pero se evaporó junto con el día. Agarro un caracol y le rindo homenaje en la arena.
“No necesitamos educación” dice The Wall. Necesitamos más yoguinetas y viejos garca, digo yo.


¡Muy bueno! Saludos.
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