El duelo




Barrante le grita con desesperación. Mueve los brazos a una velocidad imposible. Siempre le pasa lo mismo. Cuando Barrante grita así hasta perder la voz y le hace señas piensa en ese muñeco de tela de avión que estaba en la vereda de su casa de Villa Ballester e invitaba a los clientes a entrar a la gomería de Charly; se inflaba cuando soplaba el viento sur y agitaba los brazos para uno y otro lado. Sonríe ante el recuerdo. Mira a Barrante unos segundos y asiente como si realmente pudiera captar sus alaridos y las instrucciones entre el clamor de las tribunas. Siente el fervor de los cantos golpeándole en la sangre y concentrarse en los muslos. No quiere alzar la vista al público. Desde aquel partido de final de campeonato entre Sportivo Ballester y Club Atlético Libertador lo evita. A siete minutos del final les cobraron un tiro libre a favor determinante para la victoria, lo pateó él y falló por mirar al grupito de compañeras del colegio que aullaban su nombre desde gradas de madera. Desde entonces juró nunca más dejarse cegar por la hinchada. Y de eso ya pasaron 14 años.
Ahora es un penal, no un tiro libre. Un tiro libre fallido en el área de los rivales puede ser atribuido a que el punto de saque estaba demasiado lejos del arco, que la barrera contuvo un tiro que podría haber quedado en el salón dorado de los tiros libres, que el arquero de los otros es el más cotizado entre los equipos de la liga europea o simplemente que los propios compañeros no entendieron la jugada magnifica que el mejor delantero del país tenía pensada y no lo siguieron. Pero un penal es diferente. Es responsabilidad de dos. Uno contra uno. Medir la mirada, los ademanes, la posición del otro para saber cuándo y cómo desenfundar. Durante los cinco segundos que dedica a observar los preparativos del arquero, recuerda que cuando era chico su papá lo llevó al cine a ver Unforgiven de Clint Eastwood. Nunca más volvió a sentir  que alguien pudiera expresar tan bien sus sentimientos como aquel asesino a sueldo hosco y añejo. La escena en la que Eastwood se aproxima de noche bajo una copiosa lluvia al burdel del pueblo y pasa al lado del cadáver vejado de su amigo, entra y se enfrenta cara a cara por unos segundos magníficos, tensos e inquietantes con el sheriff, lo transportó inmediatamente de su butaca a las pocas ocasiones que por entonces había tenido de definir por penales con el club de barrio. Cuando estaba frente al arquero rival, sentía que el orgullo y la vida de su barrio dependían de él, que tenía que hacer una jugada maestra como la de Eastwood al engañar a Gene Hackman con el rifle vacío, que tenía que ser más rápido, duro e inteligente. Ahora hay mucho más en juego: no solo que la pelota entre, sino que un país grite ese gol y levante la copa junto con él.


Espera unos segundos con la mirada fija en la pelota hasta que el árbitro verifica  la línea de saque. Siente el silencio de sus compañeros que se abrazan detrás de él mirando al cielo y pidiendo que esta vez sí se dé. De silencios como esos ha estado llena su carrera. Pero el silencio más ensordecedor ha sido indudablemente el de su papá, que esperó expectante en las tribunas de Chacarita cuando consideró que el Sportivo Ballester ya le quedaba chico a su hijo. Pero también cuando después de eso le dijo que tenía que probarse en un club más importante y prometedor y lo llevó a Argentinos Juniors. Hasta ahí a él todo le había entusiasmado. Los cambios lo hacían sentir importante y sus compañeros de barrio se peleaban por tenerlo en el equipo los sábados a la tarde en el polvaredal de la Plaza Roca. Entrar en la novena división de Argentinos fue cruzar un umbral. Era el equipo donde se había formado Maradona y otros tantos grandes.
El primer año el silencio de su papá lo acompañó desde las tribunas en la victoria de su equipo y a él siempre lo reconfortaba que no estuviera gritándole continuamente como el resto de los padres a sus hijos. El segundo año las prácticas en el club eran diarias y el viaje de Ballester a Paternal exigía que saliera una hora antes de la escuela todos los días. Estando a punto de repetir el año en la escuela, el silencio de su papá lo acompañó una noche a la escuela n°7, cerca de su casa y lo dejó ahí junto con compañeros de curso que le doblaban la edad. Ese silencio también lo acompañó en una charla con el técnico de Argentinos que les dijo que él debía pensar en mudarse a uno de los equipos grandes, que tenía condiciones. Pero para ese entonces él ya quería que su papá no callara más, que no esperara más en silencio algo que él ya no tenía ganas de dar. Sin embargo entró en Vélez y de ahí siguió el camino al estrellato y a la liga europea.
Por eso ahora ese silencio de sus compañeros lo embarulla más que las tribunas. ¿Y si quiere dejar todo ahora, en este momento y volver a jugar picaditos con las cajitas vacías de jugo en el playón del Club Sportivo de Villa Ballester?
Ahora todo un país está con él, lo vitorea, lo idolatra. Hasta ahora es así. El penal será decisivo. El árbitro retrocede y se dispone a pitar. El arquero rival espera en posición  de sentadillas en el medio del arco, lo mira, lo penetra con la mirada como Gene Hackman a Clint Eastwood en aquella escena culminante. Es hora de su ritual: se rasca el ojo derecho con la mano izquierda, se acomoda la remera sobre los hombros, se pasa distraídamente la mano por el pecho a la altura del corazón. Mira al rival unos segundos, lo evalúa, mantiene su compostura porque sabe que lo que va a hacer no es en nombre propio, tal como la hazaña de Eastwood. Suena el silbato y él mira la pelota, toma una pequeña carrera y patea.

Comentarios

  1. No nos podés hacer esto, Tati! Queremos una continuación! Muy muy bueno... Vos jugaste al fútbol? O se puede escribir sobre lo que une no vivió? ; )

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