El duelo
Barrante le grita con desesperación. Mueve los brazos a una velocidad imposible. Siempre le pasa lo mismo. Cuando Barrante grita así hasta perder la voz y le hace señas piensa en ese muñeco de tela de avión que estaba en la vereda de su casa de Villa Ballester e invitaba a los clientes a entrar a la gomería de Charly; se inflaba cuando soplaba el viento sur y agitaba los brazos para uno y otro lado. Sonríe ante el recuerdo. Mira a Barrante unos segundos y asiente como si realmente pudiera captar sus alaridos y las instrucciones entre el clamor de las tribunas. Siente el fervor de los cantos golpeándole en la sangre y concentrarse en los muslos. No quiere alzar la vista al público. Desde aquel partido de final de campeonato entre Sportivo Ballester y Club Atlético Libertador lo evita. A siete minutos del final les cobraron un tiro libre a favor determinante para la victoria, lo pateó él y falló por mirar al grupito de compañeras del colegio que aullaban su nombre desde gradas de m...