Biblioteca paranoica

Caminaba con pasos cortos y acelerados en medio de la oscuridad de los suburbios. Movía la cabeza a uno y otro lado preanunciando la tragedia. Sentía miradas ausentes que la acompañaban en el trayecto acostumbrado. En la mitad de la calle brillaba la aureola de luz proyectada por el farol sobre el asfalto húmedo. Era tan fuerte que fuera de los límites de esa circunferencia perfecta no se adivinaba más que oscuridad. Aceleró el paso en una carrerita inútil y llegó bajo la luz protectora. Permaneció unos segundos ahí. Desde ese punto no se distinguía absolutamente nada fuera del círculo iluminado. Se aferró a los libros que traía en la mano y los llevó hacia su pecho, apoyó el mentón y encorvó la espalda. En un segundo sintió el peso de un cuerpo que se desplomaba sobre ella. Había caído desde arriba como si hubiese estado colgando del farol de la calle. No controló sus piernas y cayó al piso con la cara arañando el asfalto. Todavía sentía el cuerpo del otro aplástandola contra la rugosidad fría de la calle. Quería gritar, pero tenía el pecho tan aprisionado que sus cuerdas vocales no emitían sonido. Intentaba zafarse aunque sus movimientos parecían enlazados a una telaraña potente e invisible que los ralentizaban. La figura que la retenía la enderezó enfrentándola a su cara. Reconoció el rostro de Alina enmarcado por un inusual cabello anaranjado. Su imagen desapareció cuando le apoyó el caño del arma sobre la frente. Alina disparó.
Despertó con un dolor en la frente. Los vaivenes del colectivo habían hecho que se golpeara la cabeza contra la ventanilla, justo en el mismo lugar en que había sentido tan vívidamente el caño del arma en su sueño. Se enderezó en el asiento y recogió los dos libros que seguramente se le habían caído mientras dormía.  Descubrió que el atardecer había cedido y la oscuridad había tomado la calle. Todavía confundida por el sueño profundo miró a través de la ventanilla buscando una referencia. El colectivo estaba detenido y ella no conocía el lugar. Descubrió que no había quedado ningún pasajero sobre el vehículo, ni siquiera el chofer. Llamativamente el motor estaba en marcha. Vaciló unos segundos hasta que el conductor se lanzó desde afuera sobre su asiento y comenzó a circular. Había llegado a la estación terminal y ahora arrancaba el recorrido nuevamente. No era la primera vez que le pasaba eso.
Viajar en colectivo representaba para ella la mejor situación de lectura existente: se sentaba en un asiento, de ser posible individual, tomaba un libro, un lápiz y se largaba a recorrer las páginas mientras el vehículo atravesaba la ciudad. De hecho el símil se le hacía inevitable, leía a diferentes ritmos siguiendo la velocidad que el colectivo tomaba de acuerdo a si transitaba por callejuelas, avenidas o autopistas. También sentía que la atmósfera se colaba en su ánimo de lectura: momento del día, temperatura, humor de los pasajeros, olores, sonidos. Incluso siempre solía llevar más de una alternativa de lectura para poder ajustarla a esas variables. Por eso más de una vez había llegado al final del recorrido y vuelto a partir repitiendo casi el mismo trayecto pero en sentido inverso.
Esta vez se había alarmado inusualmente. Tal vez porque no había subido al colectivo para iniciar una sesión de lectura sino para concretar el viaje y llegar a un punto específico de la ciudad. O quizás porque la pesadilla que precedió su despertar la había desconcertado, había sido tan real. Reparó en los libros que tenía sobre su regazo: “El aleph” de Borges y “Diálogos con el espejo”, el primer libro de poesías que había publicado ella misma y del que se sentía particularmente orgullosa. Justamente estaba yendo a la casa de Alina para llevarle un ejemplar de regalo. Había escrito los poemas durante las vacaciones de verano en Entre Ríos cuando Alina y ella se abandonaron a los deseos mutuos y probaron enamorarse. Sentía que esos versos les pertenecían a ambas y al río Uruguay a cuyas orillas habían pasado todo el mes de enero. Evidentemente había mezclado todo eso en su sueño de una forma muy enrevesada.
Dentro del colectivo ya no había suficiente luz para leer. Las pocas lamparitas que estaban encendidas dentro del vehículo estaban recubiertas con un papel barrilete azul. Aunque quiso, no entendió la intención de ese artificio. Miró al colectivero desde donde estaba sentada. Parecía no haber percibido su presencia. En la siguiente parada se subió un matrimonio con dos niñas. Los cuatro fueron a sentarse en la última fila. Una de las nenas se sentó detrás de ella y comenzó a patearle el asiento sistemáticamente. No tenía ninguna intención de confrontar, así que optó por abstraerse de esa molestia y la charla banal sobre lo bien que había estado el cumpleaños de tal o cual compañerito.
Miró el paisaje a través de la ventanilla y ahí lo vio: una pequeña deformación en el vidrio que quedaba un poco más abajo de la altura de sus ojos. El efecto que producía era un pequeño agujero en la ventanilla que tragaba todo lo que se veía afuera. Contempló largamente cómo desaparecían, en ese pequeño círculo, árboles y edificios, perros y faroles, personas y veredas. Inmediatamente pensó en el relato de Borges que había estado leyendo antes de dormirse. En él el personaje que se hace llamar Borges descubre una “esfera tornasolada” que condensa el espacio cósmico. Ahí el personaje ve todos los puntos del universo de manera simultánea. En contraposición, ella creyó encontrar el contraaleph en esa ventanilla: un punto del universo que se traga todos los puntos existentes. Ya no vio solamente cómo esa circunferencia se tragaba los objetos y seres de la calle, sino también el tiempo en todas sus dimensiones: ella de niña trepando a los techos con cara de adulta y el libro de poesías en la mano, la cara de Alina cuando la besó por primera vez en la hamaca paraguaya que colgaba en la cabañita de Ñandubaysal y al mismo tiempo el rostro de esa Alina de la pesadilla que la miraba con odio y tenía una poderosa cabellera anaranjada. De cualquier forma todas las Alinas eran perfectas para ella, aunque sabía que nunca podía abarcarlas a todas. Tan solo podía percibir una o dos de sus múltiples facetas, pero el misterio de la totalidad era insondable. Alina se escurriría de su vida como todo en el contraaleph. Nada era posible de ser percibido en su totalidad, nada era cognoscible en un momento dado. Todo se escurría en ese pequeño círculo, el ser humano no es más que un colador de vivencias. 

Como punto cúlmine de esa epifanía sobrevino la oscuridad total. El colectivo se había metido en un túnel cuyas luces aparentemente no funcionaban. Esa situación la hizo olvidarse de sus cavilaciones y al mismo tiempo advertir que la oscuridad había suspendido el clima dentro del vehículo. La nena había dejado de patear, los padres de hablar. Sentía la presencia de algún que otro pasajero más adelante únicamente por una percepción que excedía lo meramente físico. Finalmente atravesaron el túnel y la luz de los faroles de la calle volvió a animar a los pasajeros.
Tenía que bajarse en la próxima parada. Le echó una última mirada a la circunferencia en su ventanilla pero no vio más que una sombra esmerilada sobre un vidrio sin gracia. Guardó los libros en su bolso, tocó el timbre y bajó. La calle estaba oscura, hacía frío y se percibía una garúa finísima que mojaba sin prisa ni tregua. Conocía el camino desde la parada hasta la casa de Alina de memoria sin embargo se sintió extraviada. En la calle no se veía a nadie, algo inusual para la hora porque apenas un rato antes había anochecido.
Apuró el paso mirando en todas las direcciones. Se metió por la calle de siempre. Los dos primeros faroles estaban rotos. A lo lejos vio la luz del tercer farol. Se paró en seco. Era la misma escena de su pesadilla. Se acercó recelosa y esquiva. Rodeó el círculo de luz y quiso distinguir si había alguien colgado del farol. Se rió al comprobar lo improbable que era eso. Entró a la zona iluminada. Un segundo después sintió un empujón y un ardiente picor en la espalda a la altura del riñón. Cayó de rodillas al asfalto mojado agarrándose de la cintura ensangrentada. Frente a ella, una figura de sobretodo con un puñal en la mano. Levantó la cabeza para verificar lo peor. Sabía que la pesadilla había sido demasiado real. Enmarcado en una cabellera anaranjada descubrió, sin embargo con espanto, su propio rostro.




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