La polaca

Hace unos días me encontré con una nena que era mi mamá. Yo estaba acuclillada en el alero de madera de la vieja casa de la Oma Cecilia.  Después de tantos años de abandono ya estaba semi derrumbada e inclinada hacia un lado. La puerta de entrada estaba abierta y de adentro provenían el ácido chillido de los murciélagos y el olor lechoso del guano mezclado con el de la madera húmeda y rancia de toda la casa. La lluvia torrencial levantaba el aroma rojo de la tierra arcillosa junto con el de la bosta de vaca. Siempre había amado esos olores. Escuchaba los gritos de mi tío, allá abajo en la cañada llamando a las vacas al establo.  Entre grito y grito me ensordecía la lluvia que caía interminablemente sobre las hojas de cientos de plantas que abrazaban la casa. 

Mis visitas a esa casa son cada vez más esporádicas, también a mi familia en el campo. Los que vivimos en la ciudad siempre nos sabemos fuera del tiempo existencial. Nuestra percepción de la vida es como la de un continuo correr sobre una cinta del gimnasio. En algunas oportunidades nos bajamos a tomar agua y ahí nos deslumbra un destello del exterior real. 

Como típica mujer de la ciudad, siempre que viajé lo hice escudada en un motivo perfectamente racional y entendible: porque cumplía con la visita regular a mi Oma cuando aún vivía, porque iba a verla cuando agonizaba y me repetía que yo ya era lo suficientemente grande como para entender la tristeza que la había atravesado toda su vida, porque hubo que hacer algunos arreglos cuando falleció, sobre todo sostener a mamá, porque debía asistir al casamiento de mi tío Nelson y a cada uno de los nacimientos de sus hijos, porque tenía que asesorar a mi mamá con los papeles de la sucesión, porque llevaba a algún novio a las cataratas y, de paso, visitaba a mi tío y la vieja chacra de la Oma. 

Pero durante los últimos años ya casi no encontraba razón lo suficientemente válida como para dejar el trabajo y preferir el campo insulso frente a otros destinos más atractivos y exóticos. Además, mis tías y la mayor parte de mis primos viven en Buenos Aires y tanto mi otro tío como su familia habían sido siempre sólo unos nombres vacíos sin rostro ni identidad. 

Cuando Nelson me llamó para comunicarme que la chacra iba a ser rematada, sentí súbitamente el peso de todos esos años de evasión. ¿Cómo se lo iba a decir a mi mamá? ¿Qué se hace cuando uno pierde el asidero material de la propia vida? Me urgió viajar inmediatamente, llevarla a mi mamá y al mismo tiempo encontrar el origen de ese y todos los otros despojos. 

Traté de descubrir entre las plantas, la vieja casillita donde funcionaba el inodoro. ¡Cuántas veces había renegado por ese cuchitril inmundo, hediondo y lleno de moscas, barigüíes y hasta de pequeñas viboritas, que no solo no era higiénico como el que teníamos en Buenos Aires, sino que quedaba a cincuenta metros de la casa. Me alegré de que ya no estuviera a la vista. 

De repente vi una pequeña figura moverse allá delante entre los árboles frutales. Desde donde estaba pude ver unas piernas delgaditas que se trepaban a las ramas del árbol de mandarinas. Salían de lo que parecía ser un vestidito celeste manchado acá y allá con lamparones rojos de tierra misionera. Vi cómo se sacudía el árbol bajo la lluvia y cómo los proyectiles naranjas se estrellaban en el suelo. Después, la nena saltó al barro con sus zapatitos marrones y empezó a juntar las mandarinas una a una. Le silbé desde el alero para que viniera a refugiarse de la lluvia. Hizo visera con su manita y me dijo que no con la cabeza. Sin sacarse la mano de la frente me extendió una mandarina como para invitarme. Llovía bastante pero la tentación era muy grande. Además podría juntar algunas para llevármelas esa noche a casa cuando volviera a Buenos Aires. 

Me calcé la capucha de la campera y fui en dirección de la nena que esperaba bajo el árbol a un costado del camino de entrada a la chacra. Se había sentado en cuclillas, comía una de las frutas y escupía las semillas. Llevaba el pelo corto, rubio casi blanco, atado con una cinta que terminaba en un moño sobre la cabeza. Sobre la frente mojada le caía un flequillo tupido. Ahora entendía por qué siempre le habían dicho “Polaca”. Tenía la boca llena y los cachetes hinchados de mandarina. Siempre comió así, como si no hubiera que dejar espacio libre cuando uno mastica. Cuando llegué, eligió una mandarina que guardaba entre sus piernas y me la dio. Mientras escupía las semillas me miró pícara y me contó que un día como ese, así de mucha lluvia, habían tenido un festival en la escuela de la colonia. Se empezó a reír sola y los ojos azul eléctrico se le achinaron mientras se tapaba la boca con la mano. Antes de seguir hablando hizo una pausa y se apoyó el dorso de la mano sobre los labios para terminar de tragar el último gajo de mandarina. 


Me contó que le encantaba la escuela de la colonia. Seguía en cuclillas y esbozó una sonrisa al describirla. Era chiquita, pero muy familiar y cada tanto hacían grandes fiestas a las que iban todas las familias de los alrededores y ellos podían jugar con los demás chicos a los que normalmente no veían seguido porque el Opa los hacía trabajar duro en el campo cuando volvían de la escuela y que más de una vez los había azotado con el rebenque cuando dejaban encargos sin hacer por esconderse en los maizales con los vecinos Lennen. Recordó las ollas enormes de chocolate caliente con pastelitos y súbitamente se puso colorada mientras se llevaba la mano al pecho y se reía. Me contó que para una fecha patria se había armado el festival en el patio de la escuela. La olla industrial de aluminio rebalsaba de chocolate caliente. Y  no sabe por qué, se le ocurrió hacer lo que hizo. Se subió sola a una lomadita que quedaba detrás del patio y de ahí tiró una piedra enorme dentro de la olla que salpicó oleadas de leche chocolatada a los adultos que estaban alrededor. Mientras me lo contaba, se sacudía con los espasmos de la risita de picardía. Me dijo que se fue corriendo rápido hacia donde estaba los demás chicos y que vio cómo los grandes miraban para todos lados sin poder deducir qué había pasado. Cuando terminó la anécdota se quedó mirando unos instantes en línea recta, con una sonrisa dibujada en la boca. 

Después de unos minutos, la nena se levantó, sacudió sus manos en el vestido y me invitó a seguirla bajo la lluvia a la entrada de la chacra. Mi tío seguía allá abajo en su faena, arreando a las vacas, revisando a las que estaban enfermas, arreglando partes del cercado que estaban rotas. Lo veíamos chiquito como una semilla. La nena me dijo que iba a tardar un rato e hizo un gesto con la mano para indicar que no había que preocuparse,  como si estuviera espantando algún insecto que la molestara. Así que podíamos ir a caminar tranquilamente. 

Salimos al camino ondulante de tierra roja, la lluvia no amainaba. El contraste entre los diversos matices del verde del monte y el rojo anaranjado del camino que subía y bajaba se saturaba aún más con el cielo plateado. Tomamos para la izquierda. Se veía una bajada estrepitosa que cien metros más allá subía de manera abrupta. La nena me señalaba desde dónde hasta dónde era la tierra de su papá, a quién pertenecía la que estaba enfrente o la que estaba más allá de mi campo visual. Le pregunté si íbamos a la escuelita. Miraba al horizonte mientras caminábamos y me dijo que eso era lejos para mí. Pero que podíamos llegar a la iglesia de la colonia tal vez. Me miró y abrió grandes los ojos cuando quiso saber si me animaba. Pero claro, le dije.
Caminaba rápido. Me costaba seguirle el ritmo, sobre todo en las subidas. Además, cada tanto se metía entre los yuyos y las plantas del costado del camino para arrancar una ramita o un brotecito mientras me preguntaba si sabía qué era, medio con sorna. En una de sus incursiones se trajo un pedazo de más o menos un metro de caña de azúcar. Me pidió que le llevara las plantas que había arrancado y lo empezó a usar para jugar mientras caminaba. Lo usaba como lápiz para dibujar mientras caminaba, lo pasó por sus hombros como si fuera un espantapájaros y finalmente se lo llevó a la boca para saborear su contenido dulce. Me miraba, sabiendo que todo eso era nuevo para mí. 

Habremos caminado media hora, cuando divisamos la pequeña cruz de hierro de la capillita de material a un costado del camino. Atravesamos la tranquera. La nena caminó hasta la puerta de madera de doble hoja que parecía herméticamente cerrada. La empujó sin resultado. Rodeó la iglesia y se trepó hasta los ventanales de vitrales haciendo visera con la mano para mirar al interior. Desde ahí me dijo que todos los domingos iban a misa puntualmente con la mamá. El papá era medio descreído y bastante bravo así que solía quedarse trabajando en la chacra. Después miró el fondo del terreno donde se alzaban las cruces de material y mármol del pequeño cementerio de la colonia. Bajó la cabeza y caminó lentamente usando la caña de azúcar como un pequeño báculo. Ya no llovía, pero el camino estaba completamente inundado y el barro arcilloso me atrapaba las zapatillas. Me costó seguirla de cerca. 

Cruzó la pequeña reja, buscó entre las hileras de tumbas, se paró frente a una de mármol negro con dos placas y dos fotos. Juntó las manos sobre su pecho y rezó tristemente en silencio. Me acerqué despacio por detrás. Sin darse vuelta me dijo que su mamá había sufrido mucho, qué vida miserable había tenido con ese viejo violento. Me agaché, le pasé el brazo sobre los hombros y me despedí de mis abuelos. En la foto desgajada de mi Oma asomó la expresión triste con que la recordaba. A él nunca lo conocí. Su temperamento rabioso lo condujo a la muerte de manera trágica y fatal.

Caminamos entre las tumbas así, abrazadas. No íbamos a la puerta, ella buscaba algo más.  De repente se quedó clavada en la tierra. Frente a ella, la tumba de Roque. En la foto blanco y negro se lo veía lozano y sonriente, un gringo joven de pura cepa. La nena elevó la mano a la altura de los ojos y se oprimió fuertemente la nariz. Su cuerpo comenzó a convulsionar bajo mi brazo que aún la rodeaba. De repente dejó salir un gemido que resonó en el campo vacío. Se acercó a la tumba, se acuclilló a su lado y acarició unos instantes la foto de su hermano muerto de manera fatal treinta años atrás. Cuando se incorporó, la abracé fuerte, fuerte. Me decía que no era justo, que era tan bueno y joven, que no debía haber muerto así. Lloraba desconsoladamente, lloraba como nunca la había visto llorar. Lloraba con una angustia y un candor infantil que jamás le descubrí. Me agaché hasta estar a su altura para contenerla dentro mío, para decirle que yo la acompañaría siempre, para asegurarle que todo estaba bien y que conmigo siempre iba a poder salir a jugar.

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