Auténtico


Ve como Sabina se escapa entre la multitud.
Lo asalta un dolor como nunca antes: miles de punzones le atacan al mismo tiempo las plantas de los pies. Y grita en medio de la avenida.
Probablemente el registro de falsificaciones ya haya subido su delito a la nube y su cara aparezca en las pantallas de todos los celulares. Le duele. Exhala exageradamente por la boca. Sopla. Pero  el ardor ya sube por las pantorrillas. ¿Se mira o no se mira?
Los autos le pasan a un costado evitando contagiarse el fuego. La gente se amontona en la vereda y mira el espectáculo. Se siente el olor a carne chamuscada. La de él. Y el del plástico de las zapatillas que se derritieron en el pavimento. Entre las llamas solo ve un vómito naranja y negro de la goma derretida.
Se desespera. Sabe que eventualmente el fuego se detendrá. Le arden las rodillas, los pelos de los muslos se encogen y crujen.
Se mira. Su piernas se llagan hasta hasta que explotan en carne viva.
¿Por qué no fue comprar las zapatillas al shopping como Dios manda? Recordó la muerte de su tía Amparo ahorcada por una bufanda comprada en Once el año anterior.






Sabina lo convence de que ese negocio de barrio es casi como un shopping. Después de todo queda en Belgrano. Eso les permite resolver la compra en una hora y deciden aprovechar el sol de la plaza en vez de deambular por las sombras del shopping. Se calza las nuevas zapatillas en el negocio y salen.
La alarma empieza a sonar cuando el semáforo peatonal se pone en verde. Busca la aplicación en su celular mientras cruza la avenida. Las corporaciones exigen verificar la autenticidad de la ropa y el calzado por medio de una aplicación para que no estallen cuando uno los usa por primera vez.  Escanea las zapatillas frenéticamente una y otra vez, pero la alarma no se apaga.
Sabina lo mira y echa a correr. Empuja a unos peatones por la senda de la avenida y ve cómo ella se escapa entre la multitud de la vereda. Comienza a sentir un ardor en la planta de los pies. Un dolor como no sintió nunca antes.

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