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Mostrando las entradas de marzo, 2019

Biblioteca paranoica

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Caminaba con pasos cortos y acelerados en medio de la oscuridad de los suburbios. Movía la cabeza a uno y otro lado preanunciando la tragedia. Sentía miradas ausentes que la acompañaban en el trayecto acostumbrado. En la mitad de la calle brillaba la aureola de luz proyectada por el farol sobre el asfalto húmedo. Era tan fuerte que fuera de los límites de esa circunferencia perfecta no se adivinaba más que oscuridad. Aceleró el paso en una carrerita inútil y llegó bajo la luz protectora. Permaneció unos segundos ahí. Desde ese punto no se distinguía absolutamente nada fuera del círculo iluminado. Se aferró a los libros que traía en la mano y los llevó hacia su pecho, apoyó el mentón y encorvó la espalda. En un segundo sintió el peso de un cuerpo que se desplomaba sobre ella. Había caído desde arriba como si hubiese estado colgando del farol de la calle. No controló sus piernas y cayó al piso con la cara arañando el asfalto. Todavía sentía el cuerpo del otro aplástandola contra la rugo...

Auténtico

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Ve como Sabina se escapa entre la multitud. Lo asalta un dolor como nunca antes: miles de punzones le atacan al mismo tiempo las plantas de los pies. Y grita en medio de la avenida. Probablemente el registro de falsificaciones ya haya subido su delito a la nube y su cara aparezca en las pantallas de todos los celulares. Le duele. Exhala exageradamente por la boca. Sopla. Pero  el ardor ya sube por las pantorrillas. ¿Se mira o no se mira? Los autos le pasan a un costado evitando contagiarse el fuego. La gente se amontona en la vereda y mira el espectáculo. Se siente el olor a carne chamuscada. La de él. Y el del plástico de las zapatillas que se derritieron en el pavimento. Entre las llamas solo ve un vómito naranja y negro de la goma derretida. Se desespera. Sabe que eventualmente el fuego se detendrá. Le arden las rodillas, los pelos de los muslos se encogen y crujen. Se mira. Su piernas se llagan hasta hasta que explotan en carne viva. ¿Por qué no fue comprar las z...

La polaca

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Hace unos días me encontré con una nena que era mi mamá. Yo estaba acuclillada en el alero de madera de la vieja casa de la Oma Cecilia.  Después de tantos años de abandono ya estaba semi derrumbada e inclinada hacia un lado. La puerta de entrada estaba abierta y de adentro provenían el ácido chillido de los murciélagos y el olor lechoso del guano mezclado con el de la madera húmeda y rancia de toda la casa. La lluvia torrencial levantaba el aroma rojo de la tierra arcillosa junto con el de la bosta de vaca. Siempre había amado esos olores. Escuchaba los gritos de mi tío, allá abajo en la cañada llamando a las vacas al establo.  Entre grito y grito me ensordecía la lluvia que caía interminablemente sobre las hojas de cientos de plantas que abrazaban la casa.  Mis visitas a esa casa son cada vez más esporádicas, también a mi familia en el campo. Los que vivimos en la ciudad siempre nos sabemos fuera del tiempo existencial. Nuestra percepción de la vida es como la de...